Festival de La Pollera:
Vestido Femenino Nacional
En la búsqueda de información sobre los orígenes, variantes, uso y cualquier detalle singular del vestuario folklórico panameño, nos encontramos con las reseñas que nos dejara la profesora Dora Pérez de Zárate (Q.E.P.D.), quien hasta después de su deceso (29 de marzo de 2001), sigue siendo considerada una de las máximas autoridades en la materia. Nos apoyaremos, pues, en sus escritos para incluir en este documento, datos importantes de consulta sobre las variantes de los vestuarios folklóricos masculinos y femeninos de nuestro país.
Iniciaremos hablando sobre el traje femenino. Del nacimiento de esta prenda de vestir, señala la Prof. Dora que todas las cosas tienen su origen; sin embargo, - advierte – aplicando algunas de las características del hecho folklórico, no se puede compadecer con la materia folklórica un origen exacto si se carece de espontaneidad o anonimato, concepto éste que confirman otros estudiosos de este tema, tales como: Nieves de Hoyos, Matilde Obarrio de Mallet, Ramón Reyes, Armando Reclús, Ernesto Morales, La Marqueza Española Josefina Eugenia De La Cruz Garrido, Nicolle Garay, Rodrigo Miró, Aurelio Dutary, Samuel Lewis, Oscar Velarde, Edgardo De León Madariaga y otros.
Hablan, entre otras cosas, que el origen de este vestuario se remonta a los siglos XVI o XVII, y que deriva como todos los vestidos de América Latina, del traje español, aunque no precisamente del traje español, rico en terciopelo o seda, sino de aquel traje generalmente blanco, con una saya de amplio vuelo, con dos o tres zócalos, con sobrepuesto o bordados con diseños florales.
Refiriéndose a este tópico, la Prof. Dora de Zárate resaltó: “He aquí una muestra que una semilla puede producir fruto de diferente sabor y calidad, según sea el terreno en que se caiga y aquí; el ambiente, la esencia psicológica de los seres habrían de usarlo, el clima, la posición geográfica y el área, la desnudez de nuestros indios, de este crisol en que se mezclaron tiempo, alma y geografía; he allí nuestro traje con tan singular atracción que nos hace gozar con la certeza exacta de lo maravilloso de nuestro gusto estético”.
El nombre de “pollera”, lo registra el diccionario como vestido de la cintura para abajo, con muchos pliegues y vuelo. En su edición penúltima, el Diccionario Vulgar de La Real Academia de la Lengua Española de la Lengua Castellana, dice que pollera es un vestido interior en relación con el brial y el guardapiés. En Andalucía llaman pollera a la basquiña.
Ramón Reyes, curiosamente en sus apuntes se refiere a dos elementos que le han servido de fuentes de información; una, el ancho de su elegante falda y la otra servicio que portaba ésta.
No descarta la pollera picarona, por ser la que diariamente usaban las mujeres de arrabal, que por su condición de criadas, tuvieron entre sus obligaciones la de recoger polluelos, tantas veces como fuera necesario. Ellas se agarraban las amplias faldas con ambas manos, abriéndolas en forma de abanico, de modo que así les fuera más fácil y rápido hacer caer dentro de ellas a los pollitos, los que encerraban en sus respectivos nidos o lugares a ellos destinados.
Se dice que esta referencia fue sustraída de una de esas mujeres de agudo ingenio, llamada Ángela y apodada la “Cocoroco”, de dueña de dieciséis botones de oro de enaguas y prendas costosas, famosa sahumadora; quien se dice bautizó con el nombre Pollera a nuestro traje femenino nacional (esto no se ha comprobado). Lo que si tiene mucha certeza es, que éste era un vestido de clase humilde. Lady Mallet anota de este vestido, como una cosa que usaba la gente de servicio, especialmente el vestido de las niñeras que amamantaban a los niños de la familia. El vestido era generalmente blanco y casi sin adornos. Las lavanderas y cocineras usaban pollerón de zaraza. Algunas familias acostumbraban a ponerle a la ropa de la gente de servicios, labores especiales (bordados, marcados, talcos, etc.). Estos eran de un solo color y no matizadas.
Samuel Lewis, en sus escritos hace alusión a treinta (30) mujeres del pueblo ataviadas ricamente con polleras y, no mencionaba a mujeres de clase alta.
Cuando Armando Reclús escribe sobre este tema se refiere al pueblo al comentar que las mujeres de color llevan la pollera, el antiguo traje de las criollas.
Muchas otras afirmaciones de estudiosos en este tema – dice la profesora Zárate -, le confirman que su uso fue permanente entre la gente de clase popular. Era, pues, la pollera, el traje de la plebe, atavío del folk; en esto mismo está su virtud, su fuerza, su continuidad y permanencia. El pueblo le dio y aún le da su vigor, su espíritu la creó y la impuso en la comunidad.
Hoy, las damas de alta sociedad visten la pollera en las grandes fiestas, con el mismo orgullo con el que la viste la poblana en los campos apartados de nuestro país.
