Los adultos, cuando elegimos emprender el viaje de la maternidad o la paternidad, debemos asumir la responsabilidad de criar niños emocionalmente sanos ya que hay heridas que vienen con los seres humanos sin sanar a todo lo largo de sus vidas.
Por tales motivos, en muchos casos, de nuestras familias heredamos los odios como se heredan los patrimonios. Pequeñas píldoras de tradición recubiertas con sabores amargos y dolores a los que les salen nacidos e incrustaciones en pieles, familias y creencias.
Estos odios pertenecieron a otros. La mayoría de las veces, los odios no son nuestros. Vienen impuestos por una mescolanza de años, dineros, actitudes y rivalidades. Es cierto que odiamos al que excluye, al que quita el pan, al que patea, esclaviza, al que humilló, falló o decepcionó a uno de nuestros seres queridos.
Odiamos por el desprecio o la traición y la mentira. Nos aferramos a los odios prestados para no perder el estatus o la tradición. Casi todos los odios fueron inyectados en la infancia con prejuicios, memorias, relatos y críticas como embutidos en símbolos de lo nefasto. Todos recorren la sangre para hacernos prisioneros de tumores de desconfianza. Odiamos porque hemos sido testigos de los actos mas bajos..
Debemos comprender que sentir odio es parte de la existencia, pero mantenerlo es enfermedad, locura y muerte y si es factible amar sin saber por qué, igualmente es posible odiar careciendo de fundamento.
Para eliminar ese tipo de emociones, incluso provocados por otros de otras generaciones familiares, el primer paso es identificar ese sentimiento. No significa lo mismo enfadarse o tener una discusión con alguien que es un sentimiento que con el tiempo se irá, a sentir una necesidad de venganza por lo que nos han hecho. Si nuestro cerebro empieza a tener imaginaciones terribles en relación a esa persona, se puede decir que tenemos rencor.
Una vez identificada la emoción toca una parte que no suele gustar mucho: la comunicación. Es fundamental hablar a esa persona y expresarle lo que nos ha molestado o el por qué, sacar lo que tenemos dentro. Este es un buen intento de hacer que la relación vuelva a su estado normal. Perdonar ayuda a estabilizar nuestras interacciones con los demás.