
Sócrates (París, Louvre). Pese a que este busto fue esculpido después de su muerte, Sócrates fue el primer filósofo realmente retratado. Las imágenes de todos los filósofos presocráticos son una pura invención.
Es sorprenderte lo poco que sabemos de la figura histórica y hasta del pensamiento concreto del padre fundador de la tradición filosófica occidental. El hecho es que, como Jesús y muchos otros grandes profetas religiosos, Sócrates decidió no escribir nada y confiar el propio mensaje ya fuese al coloquio interindividual o a la fuerza concreta del ejemplo, tanto en el modo de vivir como en el de morir. Si sus ideas han sobrevivido es solo porque Platón, el mejor de sus discípulos, convirtió al maestro en el protagonista de todas sus obras, aunque no hay ninguna certeza de que el personaje de los diálogos platónicos se corresponda con la verdad histórica.
Lo único cierto que sabemos es que fue hijo del escultor Sofronisco y de la comadrona Fenareta, y se casó con Jantipa, con la que tuvo hijos. De joven se distinguió por su valentía en la batalla de Potidea y se interesó por las ciencias. Aunque polemizo con las soluciones relativistas y escépticas de los sofistas, fue influido por ellas, situando decididamente al hombre y sus problemas en el centro de la reflexión filosófica. No fundo ninguna escuela, sino que ejerció la filosofía en la plaza discutiendo, contradiciendo y provocando a los conciudadanos como una especie de predicador laico.
El papel de conciencia crítica y civil que asumió Sócrates, quien se autodefinía como el tábano de los atenienses por su insistencia en el planteamiento de pregunta fastidiosas, hizo que algunos atenienses le considerasen como un elemento desestabilizador. En 399, los ciudadanos Anito y Meleto lo acusaron de impiedad – esto es, de no creer en los dioses- y de corromper a los jóvenes. Coherente con sus propios principios, Sócrates rechazo cualquier tipo de culpabilidad y acepto sin protestas la condena a muerte. Por la Apología de Sócrates, escrita por Platón, conocemos la serenidad con la que bebió cicuta después de una última discusión con los discípulos sobre el tema de la inmortalidad del alma. Sus últimas palabras fueron: Recordad que debemos un gallo a Esculapio.
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