Los carnavales siempre han sido celebrados en Panamá con entusiasmo, pero en su forma actual de cultura y esplendor data de 1910. Antes de este año eran patrimonio de las clases populares. Comenzaban levantando la bandera el 20 de enero, día de San Sebastián, y organizando partidos que rememoraban bien el ataque de la antigua Panamá por los piratas, bien la conquista de México por Hernán Cortés, bien el asalto de los demonios a los pecadores —juego este llamado de los diablos—, bien el levantamiento de los esclavos cimarrones. […]
La gran celebración ocurría el martes de carnaval con sus juegos de agua y harina en la mañana y la exhibición de las comparsas en la tarde. Los juegos consistían en un sencillo lanzamiento de agua clara o teñida de añil sobre las personas, procurando tomarlas de sorpresa. Unas veces se les lanzaban encima un jarro, otras veces cantidades mayores. Algunos mojados se enfurecían y echaban pestes; otros se resignaban y seguían su camino, pero muchos respondían al ataque y se formaban grandes combates en que los contendores quedaban chorreando agua y empapados de los pies a la cabeza. Lo mismo ocurría con la harina, y si bien ello daba lugar a escenas jocosas era también corriente que originara grescas y la broma terminara a menudo en una lluvia de mojicones y de palos.

Había también la costumbre de los huevos de pascua, llenos de agua perfumada y que los galancetes tiraban a las damitas procurando no herirlas con ellos.
Por las noches se formaban las tunas. De los bailes se desprendían, de medianoche para el día, comparsas de mujeres vestidas con la clásica pollera y hombres con vestidos, que al son de palmadas, o de sonsonetes ocasionados con piedras, palos, cantaban ciertos aires de ocasión y recorrían así largos trechos de la ciudad. […]
Con la formación de la República y el progreso del país las cosas cambiaron. Oigamos lo que dice el escritor señor Guillermo Colunje sobre la organización de los carnavales en su forma actual. “Fue en el año citado de 1910, gracias a la iniciativa patriótica del Diario de Panamá que por entonces estaba en pleno auge y gozaba de las simpatías de todo el público y a gestiones anteriores de don Guillermo Andreve, don Juan Antonio Henríquez y otros ciudadanos, cuando se resolvió prohibir las mascaradas en los días patrios y, en cambio, organizarlas para la época de Cuasimodo. […] Aquellos fueron unos carnavales regios, magníficos. Calles, balcones, plazas estaban decorados con arte y gusto, y el desfile de carrozas alegóricas, de comparsas y mascaradas que se efectuó el martes a las cuatro de la tarde por la Avenida Central, fue un desborde de alegría, de cultura y buen gusto que resistía ventajosamente la comparación con fiestas análogas de Europa que tienen fama proverbial” […].
Hay entre las fiestas con que se celebran nuestros carnavales tres que son las más animadas y típicas: la coronación de la Reina el sábado de carnaval en la noche, el desfile de carros alegóricos el martes de carnaval en la tarde y los bailes populares llamados toldos en las noches del sábado y martes. Estas tres noches de alegría popular, de gusto nacional, del espíritu del momento que anima durante los días de carnaval al pueblo panameño desde el más encumbrado personaje hasta el más humilde hijo de la gleba, merecen verse siquiera una vez y si ello es posible muchas veces en años sucesivos. La ciudad muda de fisonomía en ellas como en un cuento de hadas; la alegría se contagia, todos los que toman parte en las fiestas, como actores principales o como secundarios, sufren un cambio momentáneo y luego guardan por toda su vida los recuerdos más felices.
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